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Alfredo Díaz Anzures
(1980, Ciudad de México)
Vive y trabaja entre Ciudad de México y Ciudad Juárez

Fotógrafo con más de 25 años de trayectoria. Inició su formación en el año 2001 en el Laboratorio Mexicano de Imágenes, uno de los centros de producción y enseñanza fotográfica más relevantes de Hispanoamérica. Entre 2002 y 2006 continuó su formación con diversos artistas y fotógrafos, entre ellos Gabriel Figueroa Flores y Jesús Sánchez Uribe, dentro de la escuela vinculada al laboratorio.

Desde 2003 ha publicado de manera constante en medios editoriales como Grupo Expansión y Editorial Condenast, Trilce Ediciones, Arquine entre otras. En 2004 realizó sus primeras portadas para Revista Marvin, colaboraciones en revistas como Elle, Architectural Digest, GQ y otras más. En 2004 fundó su estudio fotográfico en Ciudad de México, desde donde ha desarrollado proyectos comerciales, editoriales y personales de forma independiente.

Paralelamente, desarrolla una práctica autoral enfocada en la investigación visual de contextos históricos, culturales y políticos, particularmente en la región fronteriza entre México y Estados Unidos. Su trabajo reciente se centra en la documentación de comunidades contraculturales como pachucos y cholos, así como en el registro de arquitectura histórica en la frontera.

Su obra se sitúa en el cruce entre la fotografía documental contemporánea y la investigación historiográfica, entendiendo la imagen como un dispositivo para la reflexión materialista de nuestra contemporaneidad.

Nunca nos fuimos

Melena que va huyendo del peluquero, un sombrero grandote en la cabeza, una pluma muy larga en el sombrero y saco hasta la corva, de una pieza. Van en turno después los pantalones: tienen en la cintura pliegues miles, de cadera chamorro dos balones y en la parte de abajo dos fusiles…

“Los Pachucos”, Servando Cárdenas. Corpus Christi, Texas, 1945.»

Nunca nos fuimos surge de una investigación hemerográfica, visual y oral del fotógrafo Alfredo Díaz Anzures. Su interés se centra en el origen del pachuco en Juárez y su vínculo con la cultura fronteriza, en el contexto de las migraciones de México a Estados Unidos durante el Programa Bracero (1942–1964), que permitió la movilidad temporal de trabajadores ante la escasez laboral en la Segunda Guerra Mundial. A partir de relatos y archivos, Díaz observa que la cultura pachuca antecede incluso al término que la nombra. Según el relato popular, entre los años treinta y cuarenta se intensificó el cruce fronterizo en Juárez. Muchos iban a El Paso, Texas, para trabajar o comprar en la tienda de zapatos Shoe Co.. Ante la pregunta “¿A dónde va?”, respondían: “Pa la Shoe Co.”. Con el tiempo, la expresión derivó en el apodo “El Chuco” para nombrar a El Paso. Este antecedente refiere la génesis de la contracultura de los pachucos y sus compañeras, las jainas: hombres y mujeres jóvenes que se distinguieron no sólo por su origen fronterizo —de Tijuana, San Diego y Los Ángeles a El Paso, Chihuahua y Ciudad Juárez—, sino por una estética y un lenguaje desafiantes: chuco, ruca, jaina, bato, carnal, ese, jefa, jefe, simón. Un universo de donde emergieron también las culturas chicana y chola. Trajes bombachos, zoot suit, inspirados en los músicos de jazz de Nueva Orleans y Chicago de finales de los años veinte y treinta. Se acompaña de zapatos bicolores fabricados en la misma Shoe Co., sombreros de ala ancha con plumas largas —posible alusión a pueblos originarios del norte o a imaginarios mexicas— y una cadena de acero que cae en arco de la cintura a la valenciana del pantalón. Todo configura una identidad visual poderosa, un “dandismo desafiante” (Carlos Monsiváis dixit) que persiste a ambos lados de la frontera. Lejos de ocultar la discriminación que enfrentaron —en Estados Unidos y también en México—, los pachucos construyeron una identidad propia. Octavio Paz interpretó esa experiencia desde la soledad como origen. En otra línea, para José Agustín se trató de la primera contracultura mexicana: “lo protagonizó gente joven y propuso un atuendo, caló, música y baile que lo identificaba. Repudió al sistema porque éste a su vez lo rechazaba…” Muchos de esos pachucos, jainas, cholos y chicanos, fueron deportados y regresaron a Juárez, donde convivieron y conviven con generaciones nuevas: binacionales y fronterizos que siguen bailando entre dos mundos. Hoy, en medio del abandono urbano, en el Centro Histórico de Juárez se congregan cada domingo como ritual de pertenencia. En Nunca nos fuimos Alfredo Díaz Anzures retrata esta cultura que resiste y se muestra con orgullo. Este trabajo fotográfico se plantea como un homenaje visual a esa comunidad firme, que no se quiebra ni se raja pese a la tensión social. En un entorno marcado por el deterioro, donde las ruinas parecen sostenidas sólo por la emotiva fuerza de la memoria, los pachucos de Juárez encarnan una forma de resistencia contra el olvido. Su baile, su estilo y su presencia son un acto de afirmación: siguen, porque, en realidad, nunca se fueron.

Califas

La sonrics

Mariposa Loba Padilla

Las madrinas

Martha y califas

Pachuco Elegante

July

El Consolo

Armando Pineada

El black Jack

Lupita y el bary

Sergio

Pchuquin

El Juárez

Jimmy y Janet

Roxie y Willy

El gallo y si jaina

El indio

Malekifa y piolin

Violeta

Hugo y Aracely

Mateo

Los Chaires y Sofy

Indio y Paz

Nancy y familia

Los Pérez

Richy

Malefica y su bicla

Las carnalas

La china

La Chata

Muppet

Hechos de un gobierno cercano a la gente

Hechos de un gobierno cercano a la gente

“Los espacios del paso del tránsito son aquellos en los que se exhiben con mayor insistencia los signos del presente»

Marc Augé. Tiempo en Ruinas

Alfredo Díaz Anzures

Hechos de un gobierno cercano a la gente es una serie fotográfica que articula una crítica directa a las estructuras de poder: municipales, estatales federales y las clases altas de la región responsables de la precarización sostenida del espacio urbano y de la vida cotidiana en la frontera. Desarrollada desde 2006, a partir del primer arribo del autor a Ciudad Juárez, la obra se construye como un archivo visual que evidencia las condiciones de abandono en el centro histórico de la ciudad, lugar donde se resguarda la memoria de el origen, su historia y de la identidad juarense.

A través del paisaje, el retrato y la fotografía arquitectónica, la serie documenta casas en ruinas, calles deterioradas y sujetos vinculados a oficios tradicionales que parecen resistir o apenas sobrevivir al paso del tiempo, la economía y las transformaciones sociales. Estas imágenes no solo registran el deterioro material, sino que señalan una fractura más profunda: la erosión de una identidad colectiva sometida a políticas de exclusión y a procesos de homogeneización cultural.

Con el paso de los años, el autor esperaba identificar un punto de inflexión en el que la decadencia urbana se detuviera, dando lugar a una reestructuración material de la ciudad. Sin embargo, la persistencia de sus recorridos ha evidenciado lo contrario: el deterioro y el abandono no solo continúan, sino que se intensifican. Este contraste se vuelve aún más evidente frente a los pocos espacios generalmente asociados a clases medias altas o altas donde sí parece manifestarse la intervención del Estado, independientemente de la administración o filiación política.

El título de la obra opera desde la ironía. Lo “cercano” no es la atención ni el bienestar, sino la permanencia de condiciones de desigualdad que recaen sobre la clase trabajadora como si hubiera cierta intención en esto.. En este sentido, la serie propone una lectura crítica del paisaje urbano como consecuencia de decisiones políticas, donde las tradiciones, costumbres y formas de vida que alguna vez definieron esta frontera se desdibujan, absorbidas por dinámicas globalistas que imponen una personalidad plana uniformada que son ahora una nueva forma de subsistencia.

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